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Slow Sex – Relato erótico

relato erótico slow sex

Otro día más tachado en el calendario. Ya es jueves y veo más cerca el ansiado descanso del fin de semana. Caigo en el sofá de casa rendida, estoy tan cansada que no me apetece ni preparar la cena. Cojo el móvil y leo un artículo que dejé pendiente este medio día: Las fantasías: el gran recurso para aumentar el deseo. Me sumerjo en la lectura del post y me dejo llevar…


«Estoy en un lugar desconocido para mí y aparece el hombre que despierta a mi Diosa de la forma más salvaje que he sentido jamás. Me quedo mirándole de una forma descarada, como solo hago en mis fantasías, él se da cuenta y me sonríe. Con una expresión tan seductora que se para el mundo y siento latir mi sexo.

Me invita a dar un paseo y acepto. Después de unos minutos caminando llegamos a un oasis. Hace mucho calor. No puedo dejar de pensar en montármelo con él en este maravilloso lugar.

Me observa mientras me quito la ropa provocándole con mis movimientos. Justo después, salgo corriendo entre risas y algo de vergüenza y me lanzo a la laguna. Sin pensarlo dos veces él se quita la ropa y viene detrás de mi. El agua tiene una temperatura ideal y aplaca el ardor de nuestros cuerpos.

Entre risas y salpicones le invito a tomar una copa de vino. Me mira con cara de sorpresa, asiente y me sigue a la orilla.

De la mochila, saco un mantel, una botella de vino y unas picotas. No tengo vasos. Tras dar un trago largo, el elixir me chorrea por la comisura de la boca y baja por mi cuello hasta mis pechos. Me acerco a él y le sirvo un sorbo directo a su boca.

Él traga y acto seguido nos fundimos en un beso apasionado. Continúa lamiendo lo que se ha derramado de mis labios, no se corta y baja hasta encontrar mis pezones duros, erguidos, desafiantes, dispuestos a ser chupados y mordisqueados. A estas alturas me retuerzo de un placer intenso.

Con su pelo mojado me regala la pose más erótica que mis pupilas jamás han visto. Me arrodillo, con los muslos juntos y apretados, con mi mano izquierda masajeo mis pechos y la mano derecha busca un plus de placer tocando mi vulva.

La erección de su pene es reflejo de lo que siente. No puedo evitar verlo como mi numen del sexo, el que eleva mis pasiones.

Esta experiencia quiero vivirla al máximo. Quiero ser consciente de cada segundo que toco su cuerpo, sus dos metros cuadrados de piel. En mi retina quiero guardar su imagen y en mi alma todo lo que me hace sentir.

Se coloca detrás de mí. Sus manos rodean mi cuerpo. Sus dientes alcanzan mi cuello, me muerde, me huele, me besa lentamente. Se pega a mi cintura y aprieta su pene erecto con fuerza contra mí. Siento un escalofrío de placer recorriendo todo mi cuerpo y suelto un gemido. —¡Quiero más! le digo mientras no puedo dejar de moverme. Pero él no quiere consumir de una forma rápida y burda mi deseo. Quiere disfrutar a fuego lento y eso es justo lo que más me gusta.

Estoy extasiada y él se guarda un as en la manga. Se ha dado cuenta del poder que tienen sus ojos, su mirada, sobre todo mi ser. Me tumbo boca arriba y se posa suavemente sobre mí, dejándome poco margen de movimiento. Mis caderas se mueven autómatas buscando su erección, nuestras bocas buscan calmar la sed, nuestras caras están a escasos centímetros y nuestros ojos reflejan y comparten lujuria. Nuestros cuerpos alineados esperan ansiosos el momento de fundirse en uno.

Yo le susurro al oído: —penétrame ya o voy a enloquecer. Él sonríe y empieza a besarme. Abre su boca buscando mi lengua. Mientras jugamos suavemente con la
saliva, giro mi cadera y me penetra con su pene que está muy duro. Lo acojo con gran gusto, mi vagina lleva demasiado esperándolo. Impaciente, me muevo para que el pene entre hasta el fondo, atrapándolo y tomando el control. Al mismo tiempo, gemimos de alivio y de placer.

De reojo, veo cómo presta atención a cada uno de mis gestos, puede que él también quiera guardarlos para recordarme cuando me eche de menos.

Sentir su erección dentro despierta en mí nuevas sensaciones y mi excitación ahora está llegando al máximo. Quiero que mordisquee mis pezones suavemente. Después del primer mordisco siento como el pene, que sigue dentro de mi vagina, potencia la erección, lo noto más fuerte, más duro. Yo sigo lamiendo y mordisqueando su cuello y empiezo a mover suavemente las caderas. Ya no puedo más, quiero correrme. Le miro a los ojos y le susurro con voz sensual —quiero que me folles como si fuéramos a morir mañana.

Él, sin dejar de mirarme y viendo mi desesperación, empieza a lamerme el cuello por todos los lados, mientras me dice al oído lo mucho que le gustaba estar dentro de mí.

Al mismo tiempo empiezo a mover las caderas lentamente. Cierro los ojos, mi cuerpo está a punto de estallar de placer y decido centrarme solo en eso. Un gemido tras otro se escapa con cada embestida a golpe de cadera. Solo puedo pedir más y él, con cada movimiento, acelera un poco el ritmo. —Más, quiero más. Mi cuerpo se rinde al placer, las contracciones de mi vagina marcan el inicio de un gemido largo y profundo que viene acompañado del éxtasis máximo del encuentro. Él hace lo mismo y se funde conmigo en un aullido de placer.»


Parece que el artículo está en lo cierto y al final este sábado tendrá un final feliz.

Publicado por Miriam Gómez Galocha

Pedagoga, sexóloga y feminista.